Ormuz, la guerra y la realidad que Washington se vio obligado a aceptar
Pars Today – Mientras que la política de «máxima presión» y la opción militar de Trump pretendían obligar a Irán a retroceder, los últimos acontecimientos demuestran que Washington busca más que nunca una salida digna de una crisis que él mismo ha provocado.
Donald Trump afirma ser un maestro en el arte de la negociación, pero recientemente ha sido el maestro de una clase de negociaciones incompetentes. Esta dura e inusual frase de Kenneth Roth en el periódico The Guardian es una de las descripciones más elocuentes de la situación actual de la política estadounidense respecto a Irán, la cual pretendía contener a Irán mediante la máxima presión, la guerra y la amenaza de una «rendición incondicional», pero que ahora ha colocado a Washington en una posición en la que busca una salida honorable de una crisis que él mismo creó.Donald Trump inició esta guerra contra Irán con el apoyo de Israel.
Según sus promotores, la agresión militar contra Irán debía alterar el equilibrio de poder en la región. El objetivo declarado era frenar el programa nuclear iraní, pero los verdaderos objetivos eran socavar la estructura política de la República Islámica, reducir su capacidad de disuasión militar y crear las condiciones para derribar al régimen.Aun así, lo ocurrido en la práctica estuvo muy lejos de las expectativas iniciales.
El informe de The Guardian subraya una realidad importante: tras abandonar (en 2018) el acuerdo nuclear iraní (JCPOA, siglas en inglés) de 2015, Trump ha terminado regresando al mismo punto que había dejado ocho años antes. Según The Guardian, el JCPOA, pese a todas sus deficiencias, había logrado someter el programa nuclear iraní a una amplia supervisión internacional y limitar el nivel de enriquecimiento.
La retirada unilateral de EE.UU. no solo no condujo a un acuerdo mejor, sino que incrementó significativamente las capacidades nucleares de Irán con respecto al período de aplicación del acuerdo.Esta es precisamente la paradoja que hoy señalan los críticos de la política de Trump.
El presidente que prometía un «acuerdo mejor» ahora intenta alcanzar un acuerdo que, en muchos aspectos, se parece al mismo pacto que él calificaba como «el peor acuerdo de la historia».
Más importante que la cuestión nuclear son los cambios que han tenido lugar en la geopolítica regional. La guerra reciente demostró que Irán sigue disponiendo de múltiples herramientas de presión. El ejemplo más destacado es el estrecho de Ormuz, un paso que continúa siendo una de las arterias más vitales para el transporte energético mundial. Si bien en los últimos años muchos analistas occidentales hablaban de una disminución de su importancia estratégica, la crisis reciente volvió a demostrar que la seguridad energética global sigue estrechamente ligada a los acontecimientos de esta región.De acuerdo con The Guardian, Irán ha logrado demostrar uno de sus mecanismos de disuasión más eficaces sin necesidad de armas nucleares. El aumento de los costos de los seguros marítimos, la preocupación de los mercados energéticos mundiales, el alza de los precios del petróleo y el gas y la inquietud de los consumidores en las economías occidentales demostraron que cualquier inestabilidad en el Golfo Pérsico puede tener implicaciones que trascienden la región.
Bajos tales circunstancias, la administración Trump se ha visto obligada a enfocarse menos en la cuestión nuclear y más en la reapertura total de las rutas de transporte energético y en la estabilización de los mercados mundiales. Este es precisamente el punto que The Guardian considera una señal del fracaso de la estrategia inicial de Washington, ya que el objetivo principal ha pasado de «limitar a Irán» a «gestionar las consecuencias de la guerra con Irán».
Entretanto, las divisiones políticas dentro del bloque occidental se han hecho más evidentes. Las recientes posiciones de España constituyen un claro ejemplo de esta tendencia. El gobierno de Pedro Sánchez en España no solo se negó a respaldar las políticas militares estadounidenses contra Irán, sino que también tachó abiertamente la guerra de ilegal.
José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores de España, declaró en unos comentarios poco habituales que Madrid ha elegido entre el «Estado de derecho» y la «ley de la selva», y que no está dispuesto a participar en acciones que escalen la tensión en Ormuz.La importancia de estas posturas no radica únicamente en la oposición a una guerra concreta. Lo que emerge de estas divergencias es una señal del desgaste gradual del consenso occidental sobre cómo afrontar las crisis internacionales.
La experiencia de Irak, Afganistán, Libia y ahora Irán ha hecho que muchos gobiernos europeos se muestren escépticos respecto a las aventuras militares de Estados Unidos. Desde la perspectiva de estos países, los costos políticos, económicos y de seguridad de tales guerras han sido con frecuencia mucho mayores que los beneficios que se les atribuían.
En última instancia, la principal conclusión de la crisis reciente es que una vez más han quedado en evidencia las limitaciones del poderío militar para resolver problemas políticos complejos. Incluso la mayor potencia militar del mundo no ha sido capaz de alcanzar sus objetivos políticos mediante bombardeos y presión militar. La experiencia de la guerra reciente puso de manifiesto que, en Asia Occidental, al igual que en muchas otras crisis internacionales, la solución duradera no pasa por la guerra, sino por la negociación y la aceptación de los hechos sobre el terreno.
Hoy en día, Washington se enfrenta más que nunca a la realidad de que no existe alternativa a la diplomacia para solventar sus disputas con Irán. Por ello, incluso los críticos estadounidenses de Trump subrayan que el presidente que se autodenomina «maestro de la negociación» ha terminado viéndose obligado a regresar a la misma mesa de diálogo que abandonó en su día, aunque esta vez con un coste mucho mayor para EE.UU., sus aliados y la economía global.