¿Es Groenlandia la próxima Venezuela?
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Pars Today - La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, llamó a Estados Unidos a detener las amenazas hacia su antiguo aliado, después de descartar los recientes comentarios de Donald Trump sobre la posible compra de Groenlandia. Frederiksen, con una postura inusualmente firme y directa, calificó de "totalmente absurdas" las afirmaciones del expresidente acerca de la "adquisición" del territorio.
(last modified 2026-01-08T07:33:02+00:00 )
Ene 08, 2026 07:26 UTC
  • Isla de Groenlandia
    Isla de Groenlandia

Pars Today - La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, llamó a Estados Unidos a detener las amenazas hacia su antiguo aliado, después de descartar los recientes comentarios de Donald Trump sobre la posible compra de Groenlandia. Frederiksen, con una postura inusualmente firme y directa, calificó de "totalmente absurdas" las afirmaciones del expresidente acerca de la "adquisición" del territorio.

Su contundente respuesta refleja una preocupación creciente en Copenhague y otras ciudades europeas frente a un cambio significativo en el enfoque estratégico estadounidense, que se ha intensificado tras la operación militar en Venezuela y la captura de su presidente. 

Las ambiciones de Trump respecto a Groenlandia no son inéditas. Durante su primer mandato, ya había aludido a la «compra» o anexión de este territorio autónomo danés. No obstante, la disparidad actual radica en que tales palabras surgen en un contexto donde EE. UU. ha demostrado fehacientemente que está dispuesto a recurrir a la intervención armada directa y a la vulneración flagrante de la soberanía estatal para alcanzar sus metas geopolíticas. 

Desde la óptica europea, la incursión militar en Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro han traspasado una línea roja en la política internacional contemporánea. Esto ha elevado las amenazas de Trump contra Groenlandia de simples «comentarios polémicos» a «escenarios plausibles». 

La postura del gobierno danés se comprende en este marco. Frederiksen, al subrayar que un «control estadounidense sobre Groenlandia» es inconcebible, defendió la potestad nacional y apeló explícitamente a la legalidad internacional y al principio de inalterabilidad de las fronteras mediante la fuerza. Esta posición refleja una zozobra más honda en Europa: el temor al retorno de la lógica imperialista de las grandes potencias y al debilitamiento de las normas que han cimentado la seguridad del continente desde la posguerra. 

Por su parte, el gobierno autónomo de Groenlandia trató de apaciguar a la opinión pública con el fin de evitar que la crisis desembocara en un enfrentamiento político interno. El primer ministro groenlandés, Jens Frederik Nielsen, calificó de «una manifiesta falta de respeto» el mensaje difundido por la cónyuge de un alto funcionario de la Casa Blanca, quien publicó en redes sociales un mapa de la isla teñido con los colores de la bandera estadounidense. Nielsen subrayó que el futuro de Groenlandia no se decide en plataformas digitales. 

Esta respuesta pone de relieve la creciente sensibilidad de la sociedad groenlandesa frente a cualquier menosprecio a su estatus jurídico y político. Un territorio que, pese a su reducida población, se ha convertido en un punto neurálgico de la rivalidad entre grandes potencias, impulsada por su ubicación estratégica y sus abundantes recursos minerales. 

A nivel continental, las reacciones se extendieron más allá de Dinamarca. Emmanuel Macron, presidente de Francia, al garantizar un apoyo «incondicional» a la integridad territorial danesa, buscó enviar un mensaje nítido a Washington: Europa no guardará silencio ante amenazas de reconfiguración fronteriza. 

Asimismo, la presidenta de la Comisión Europea expresó su solidaridad con Dinamarca y el pueblo groenlandés, mencionando consultas continuas con socios y aliados. Esta fórmula diplomática trasluce la búsqueda europea de una respuesta colectiva y coordinada ante la imprevisibilidad de las políticas de Washington. 

Lo que preocupa actualmente a Europa no se limita únicamente a Groenlandia. El verdadero problema radica en el cambio de actitud de Estados Unidos, su aliado histórico, que parece haberse convertido en un factor de inestabilidad. Si Venezuela puede ser objeto de una intervención militar bajo el pretexto de intereses económicos o de seguridad, ¿qué impide que una lógica similar se utilice en otras regiones, como el Ártico? Esta es una cuestión que hoy se discute con seriedad en los principales centros de análisis europeos.  

En esencia, la resistencia de Dinamarca y de otros países europeos ante las aspiraciones de Trump no solo busca proteger un territorio, sino también salvaguardar los fundamentos del orden internacional. Los europeos han entendido que el silencio frente a este tipo de exigencias podría facilitar la consolidación de una política basada en el uso de la fuerza.