¿Está el orden estadounidense al borde del colapso?
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Donald Trump, presidente de Estados Unidos
Pars Today – Las afirmaciones directas y poco habituales de Gavin Newsom, gobernador de California, sobre la influencia de Estados Unidos en la inestabilidad global trascienden el mero contexto partidista. Señaló de manera explícita que el enfoque gubernamental de Donald Trump refleja un deterioro del prestigio internacional de Estados Unidos y contribuye al incremento del desorden en el sistema mundial.
El gobernador de California declaró: “Nunca pensé que diría esta frase en toda mi vida”. Añadió: “Trump es históricamente impopular entre la gente. Su gobierno se conoce, por encima de todo, por la personalización del poder”.
Las instituciones tradicionales de toma de decisiones, desde el aparato diplomático hasta los mecanismos consultivos de seguridad nacional, fueron marginadas. Las grandes decisiones no se tomaron sobre la base del consenso institucional, sino a partir de la voluntad individual.
Este cambio, en la literatura de las ciencias políticas, se considera una señal clásica del paso de una democracia basada en instituciones a un liderazgo personalista. Un camino que generalmente va acompañado de inestabilidad interna y una disminución de la confianza pública. Las consecuencias de este modelo son más evidentes en la política exterior. Estados Unidos se alejó de su papel histórico como arquitecto del orden multilateral. Las alianzas se debilitaron.
Los acuerdos internacionales perdieron credibilidad. La lógica de la transacción a corto plazo reemplazó a la estrategia a largo plazo. El resultado de este estilo de gobierno de Trump, según admiten muchos intelectuales y políticos norteamericanos, es el aumento de las dudas de los aliados y la audacia de los rivales de Estados Unidos. Dicho de otra forma, la hegemonía estadounidense no se vació por una derrota militar, sino por la erosión de la confianza desde el interior. Pero quizás la secuela más importante, ocurrió dentro del país norteño. Una sociedad que antes tenía un consenso relativo sobre los principios democráticos fundamentales se polarizó profundamente.
Las divisiones raciales, de clase y culturales se intensificaron, mientras la desconfianza hacia las elecciones, los medios de comunicación e incluso el sistema judicial se expandió. La polarización dejó de ser una simple competencia política, transformándose en una profunda crisis de identidad que cuestionó el concepto de unidad nacional. Según sociólogos estadounidenses, en este contexto la democracia no colapsa ni permanece firme, sino que se ve atrapada en un estado continuo de erosión. Paralelamente, los factores económicos y políticos de la época contribuyeron al deterioro del orden estadounidense. Las políticas arancelarias y las tensiones comerciales trastocaron las normas del comercio mundial, ampliando la inestabilidad.
El dólar mantuvo su posición dominante, pero la credibilidad del liderazgo económico de Estados Unidos quedó afectada. Cuando la potencia principal incumple las reglas que ella misma estableció, los demás pierden interés en respetarlas. Este es el momento en que el orden internacional deja de centrarse en las normas y se orienta hacia el "poder en bruto". La decadencia del orden liderado por Estados Unidos no implica automáticamente el surgimiento de un nuevo sistema alternativo. Más bien, el mundo actual parece avanzar hacia un desorden multipolar.
Una situación en la que ninguna potencia tiene la capacidad o la legitimidad para un liderazgo total. Tal vacío suele estar acompañado de un aumento de los conflictos regionales, competencias económicas agresivas e inestabilidad geopolítica. Desde esta perspectiva, la crítica de Newsom no solo se dirige al pasado, sino que es una advertencia sobre un futuro lleno de riesgos. A nivel simbólico también ha ocurrido un cambio profundo. El “sueño americano”, que alguna vez inspiró al mundo, ahora es objeto de duda dentro del propio Estados Unidos.
El aumento de la desigualdad, la crisis de representación política y el creciente sentimiento de desamparo social han erosionado la confianza en la eficacia del sistema. Cuando los ciudadanos de una gran potencia se vuelven pesimistas respecto de su propio futuro, la proyección internacional de esa potencia también se debilita. El declive de la hegemonía comienza en la conciencia colectiva antes de manifestarse en los campos de batalla.
Lo decisivo es que este proceso no puede atribuirse exclusivamente a un individuo; sin embargo, durante la presidencia de Donald Trump se aceleró y se volvió más visible. Él no inició la crisis, sino que la puso al descubierto: los líderes de este tipo suelen revelar fracturas latentes y, al mismo tiempo, profundizarlas.
Por ello, el fin de un gobierno no implica necesariamente el fin de la crisis. La cuestión central es si Estados Unidos será capaz de reconstruir su orden institucional y reparar su grieta social, o si entrará en una fase prolongada de declive gradual.
La historia muestra que las grandes potencias suelen erosionarse más por sus fracturas internas que por derrotas infligidas desde el exterior. Cuando la polarización social se profundiza, la confianza en las instituciones se debilita y el unilateralismo estratégico sustituye a la cooperación y al consenso, el deterioro deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una tendencia tangible.
Si estas dinámicas persisten, el declive del orden estadounidense podría dejar de ser una hipótesis debatida en el ámbito académico para transformarse en una realidad histórica.