Mar 22, 2017 03:34 UTC

Las elecciones presidenciales de 2016 en EEUU. pusieron al descubierto más que nunca las fisuras políticas y sociales en el país, las cuales aumentaron tras los esfuerzos del candidato republicano, Donald Trump, para ganar esos comicios.

Al mismo tiempo, esas mismas grietas contribuyeron a su triunfo, pero no pudieron cerrarse al finalizar las elecciones. Una de las principales brechas sociales en EE.UU. es la de identidad. EE.UU. constituye un país receptor de inmigrantes, de manera que en este país hay casi todas las nacionalidades y religiones. Aun así y pese a la expectativa pública, estas etnias y religiones no se han fundido en lo que se llama la “gran olla cultural norteamericana”. Un grupo de personas sostiene que la preponderante cultura en EE.UU. debe girar en torno al eje de anglosajón protestante blanco, y que las otras etnias deben quedarse al margen del mismo. Para este grupo, cualquier acción que empañe tal identidad, es inaceptable y condenable. En las elecciones anteriores, para obtener el apoyo de los conservadores partidarios del sistema unicultural en EE.UU., Donald Trump puso el dedo en el tema de la fisura de identidad y prometió que de ganar los comicios, expulsaría a los inmigrantes ilegales e impediría la entrada de los musulmanes en el país. Estas promesas les gustaron a las corrientes racistas y los xenófobos. Sin embargo, provocaron una nueva oleada de temores entre los partidarios del pensamiento multirracial en EE.UU. Este grupo cree que el poder económico y científico del país está en deuda con el esfuerzo de los inmigrantes, particularmente la élite interesada en vivir en este país. Por eso, si se les prohíbe entrar, EE.UU. perderá la posibilidad de seguir compitiendo con los poderosos rivales en la época actual; además de que el destino de los inmigrantes indocumentados o de los interesados en vivir en el país norteño afecta negativamente la vida individual y familiar de millones de ciudadanos estadounidenses inmigrantes. Por tal razón, a la decisión de Trump de vetar el ingreso de los ciudadanos de siete países musulmanes, siguió cierta revuelta social. Tanto que la judicatura quedó paralizada tras fallos emitidos por los jueces de tribunales federales. Aun así, la marcha atrás dada por Trump en lo referente al  veto migratorio, no podrá cerrar la brecha de identidad en EE.UU., la cual incluso podría profundizarse en un futuro cercano generando inestabilidad social.

 
Las elecciones presidenciales de noviembre pasado dividieron a la sociedad respecto al tema élite-plebe. En un lado, se hallaba la élite, inclinada hacia la candidata demócrata, Hillary Clinton, o cualquier aspirante excepto Trump. Pero buena parte de las masas, pese al fuerte descontento de la élite política y económica, votó por Trump. Desde luego, en lo que se refiere a los votos populares, Trump no se considera una persona electa por la mayoría de los estadounidenses. No obstante, el que acabó asumiendo el cargo presidencial, no era popular incluso entre la mayoría de sus correligionarios. Las elecciones evidenciaron que debido a múltiples motivos económicos y sociales, la obediencia de las masas a la élite había bajado drásticamente provocando una gran brecha entre ambas partes. En EE.UU., la tradición elitista es muy fuerte, y la élite, en especial la financiera, gobierna el país. El actual sistema político estadounidense se identifica por la oligarquía financiera, que se maneja por los super-ricos. Esta clase dirigente, además de poseer las herramientas de la producción, controla los medios para poder jugar con la opinión pública a favor de proteger sus propios intereses. Sin embargo, la grave crisis económica de 2008 infligió un duro golpe a la eficacia y capacidad de la élite norteamericana provocando que las masas descontentas e indignadas dieran la espalda a ese grupo. A su vez, Trump, deseoso de ganar las elecciones, atizó el fuego de la insatisfacción y desconfianza de las masas, especialmente las clases pobres y de poco ingreso, hacia la élite. A este grupo le encantaron los ataques verbales de Trump a Clinton, candidata apoyada por la élite político-económica, y depositaron sus esperanzas en que el poder saliera de las manos de los veteranos de la política y en que el pueblo dominara su propio destino. Estas esperanzas se manifestaron especialmente en las aldeas y los suburbios de las grandes ciudades y entre los desilusionados con la agenda de las formaciones políticas gobernantes en EE.UU. Como consecuencia, el triunfante en la disputa entre la élite partidaria del status quo y las masas descontentas, fue Trump que se había presentando a sí mismo como el héroe del cambio y el supermán de la lucha anticorrupción. Aun así, el transcurso de cerca de dos meses desde la investidura de Trump puso de relieve que muchas de las promeses de perturbar el status quo a favor de las masas no se cumplieron y que la oligarquía financiera sigue gobernando EE.UU.
 
Además de las brechas sociales y de identidad, EE.UU. tiene también de grietas políticas, las cuales aumentaron después de las elecciones de noviembre. Por ejemplo, se puede referir al crecimiento de la tendencia centrífuga en algunos estados, incluida California, donde se han recolectado cientos de miles de firmas a favor de la separación de EE.UU. Este grupo sostiene que la riqueza de California se gasta en otras zonas del país, sin que los votos del Colegio Electoral en este estado, el más poblado del EE.UU., tengan un papel crucial en la elección del presidente del país. Por otra parte, la fisura estructural en la nación se nota seriamente entre los poderes que la componen. El decreto antiimigración de Trump puso de manifiesto una vez más el antiguo conflicto entre dichos poderes, ya que algunos jueces pararon esa orden ejecutiva.
La grieta de ingresos es otro punto vulnerable de la sociedad norteamericana. En los últimos años, en particular tras la crisis financiera de 2008, ha aumentado la distancia entre las clases más ricas y las más pobres. Se comenta que la fortuna de 400 familias super ricas equivale a la de la mitad de la población, que es de 320 millones de personas. Más de 45 millones de habitantes viven por debajo de la línea de la pobreza y más de 20 millones carecen de seguro médico. Esta profunda desigualdad económica y social derivó en los pasados años en amplias protestas populares. Si bien el movimiento “Ocupa Wall Street” en 2011 no pudo crear un cambio en las injustas relaciones, elevó la concienciación pública sobre las discriminaciones y las ineficacias en el país. Durante las elecciones de 2016, parte de los descontentos con las desigualdades económicas se reunieron en torno a Trump por sus promesas tales como lucha contra la corrupción, el refuerzo de la producción nacional, la reducción de los impuestos y la creación de nuevos puestos de trabajo. En la actualidad, Trump asegura ser capaz de presentar soluciones urgentes y efectivas para las reivindicaciones de los inconformistas en distintos ámbitos político, económico y social. Pasados solo dos meses de la toma de posesión de Trump, aún es pronto para juzgar si tendrá éxito en alcanzar esos objetivos. Sin embargo, sus planes como ignorar los proyectos de bienestar y reconsiderar la legislación tributaria a favor de las compañías dificultarían más que nunca o incluso imposibilitarían la justicia social en EE.UU.
 
 
De todas formas, el proceso que se tiene por delante en EE.UU. apunta a la creación de nuevas brechas y la profundización de las viejas. La incapacidad a la hora de cerrarlas o su ignoro podría generar problemas y crisis en el futuro. Sobre todo porque si los grupos descontentos quedan desilusionados con la eventual impotencia de la Administración Trump para solventar esos problemas. En tal caso, es probable que la solución de ciertos conflictos se lleve a cabo sin  recurrir a las urnas.