Saludos a todos los estimados oyentes. Estamos con Uds. con un programa más de la serie Estados Unidos en la semana que pasó y, al igual que en los programas anteriores, revisaremos los importantes cambios políticos, económicos y sociales del país norteño.
En el marco de su recorrido de la semana pasada por países del este y sudeste de Asia, el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, visitó Seúl, donde lanzó amenazas contra Pyongyang advirtiendo que se está agotando la paciencia estratégica de EE.UU. ante los programas atómicos y de misiles de Corea del Norte. Aun así y al ignorar esa retórica, las autoridades norcoreanas llevaron a cabo sus pruebas de misiles y, además, dijeron que harán este tipo de ensayos cada semana.
En Tokio, donde siguió su política ofensiva y amenazante contra Corea del Norte, Pence también se enfocó en el tema del comercio entre EE.UU. y Japón, con la esperanza de presionar a sus interlocutores para que reduzcan el superávit comercial respecto a EE.UU. y reconsideren los acuerdos bilaterales y multilaterales en el ámbito comercial. No obstate, los pronunciamientos de los funcionarios de alto nivel japoneses, en su reunión con Pence, pusieron de relieve que Tokio sigue descontento con las políticas proteccionistas de la Administración Trump.
En paralelo a la visita del vicepresidente norteamericano a Corea del Sur, Japón, Indonesia y Australia, dos autoridades de seguridad de EE.UU. viajaron a los países del oeste y sur de Asia y el norte de África. El secretario de Defensa, James Mattis, visitó Egipto, Israel y Arabia Saudí, mientras que el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Herbert Raymond McMaster, viajó a Afganistán. Desde Israel, Mattis volvió a expresarse muy preocupado por lo que Washington llama el peligro de las actividades de Irán en la región y aseguró a los líderes israelíes de que seguirán recibiendo los apoyos de EE.UU. En Riad, Mattis hizo hincapié en que su país continuará cumpliendo con sus compromisos militares y de seguridad ante Arabia Saudí y sus aliados; política que hasta ahora se ha traducido en la venta de ingentes cantidades de armas norteamericanas y europeas a esos países. Desde luego, la misión de McMaster en su visita a Afganistán, a diferencia del periplo de Mattis, chocó con ciertas dificultades. Las altas autoridades afganas criticaron que EE.UU. siga con la política de dividir a los terroristas en malos y buenos. La visita se produjo poco después del lanzamiento de la más potente bomba no nuclear de EE.UU., conocida como la “Madre de Todas las Bombas”, sobre las posiciones del grupo EIIL (Daesh, en árabe) en Afganistán. Algunas figuras políticas locales habían recriminado duramente la medida. Tampoco los argumentos ofrecidos por McMaster pudieron convencer a la opinión pública al respecto.
La semana pasada, algunas de las gestiones de la Administración estadounidense provocaron grandes sensibilidades. A modo de ejemplo, la firma de un decreto para reducir las emisiones de visado de trabajo para obreros especializados preocupó a las empresas que trabajan en el campo de la informática. El Gobierno dijo que la medida está destinada a apoyar a la mano de obra especializada norteamericana y reforzarla al competir con solicitantes extranjeros. Aun así, muchos en EE.UU. sostienen que el poder tecnológico del país, particularmente en los terrenos de la informática e ingenierías avanzadas depende de la presencia de especialistas y la élite de otros países del mundo en las instituciones de investigación y las industrias afines en EE.UU. Advierten además que si el ingreso de esos individuos en EE.UU. se ve afectado, se eliminará el poder competitivo del país ante las potencias económicas e industriales emergentes.
La semana pasada, algunos científicos estadounidenses volvieron a alertar sobre las políticas anti-medioambientales de la Administración Trump, afirmando que ignorar los impactos negativos de las actividades humanas sobre el calentamiento de la Tierra, hará peligrar la vida humana, incluida la de los ciudadanos de EE.UU., por lo que pidieron a las autoridades responsables, entre ellos los congresistas y jueces, que impidan la ejecución de los decretos firmados por Trump en lo que concierne a los sectores de medioambiente y energías limpias.
La semana pasada, Trump volvió a dar marcha atrás a otra de sus promesas electorales, ya que renovó por otros 90 días la suspensión de las sanciones económicas contra Irán en lo referente a su programa nuclear. Con anterioridad y en múltiples ocasiones, Trump había tachado el acuerdo nuclear con Irán como el peor de la historia de EE.UU. pidiendo que se anulara. Pero las frecuentes advertencias de Teherán y de sus otros interlocutores en el Grupo 5+1, obligaron al gobierno de Trump a continuar con la política de su predecesor, Barack Obama, al respecto. No obstante y para ensombrecer el tema de su marcha atrás en sus posturas anteriores, Trump y sus asesores intensificaron la retórica anti-iraní prometiendo emprender una política más severa ante la República Islámica.
La semana pasada, continuaron los escándalos y polémicas noticiosas sobre algunos políticos de EE.UU. Por ejemplo, el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por su sigla en inglés) volvió a denunciar la injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales del país norteño. Según el FBI, al respecto, espías rusos habían hecho uso de Carter Page, asesor de Trump durante la campaña presidencial, y actuaron de una manera que era difícil identificarlos como espías. Los funcionarios norteamericanos no han dejado en los últimos meses de denunciar la intervención rusa en los comicios. Sin embargo, parece ser que la comunidad de inteligencia de EE.UU., junto con ciertos medios de la corriente principal y un grupo de críticos de Trump está intentando mantener abierto este caso.
Entretanto y en vísperas de cumplir Trump los 100 primeros días en la Casa Blanca, se anunció que ha sido el presidente menos popular de EE.UU. en este periodo de tiempo desde 1945, con un ratio de aprobación del 41 %, mientras que el de cada uno de los 9 mandatarios anteriores no fue inferior al 50 %. El peor ratio de popularidad corresponde a Bill Clinton: un 55 % en 1993. Cabe destacar que en el último medio siglo, ningún candidato presidencial ha sido tan impopular como Trump, quien pudo vencer en la consulta de noviembre solo apoyándose en los votos del Colegio Electoral y no en los votos populares. Los controvertidos comportamientos de Trump y sus frecuentes incumplimientos de promesas electorales han influido en la constante reducción de su popularidad. Incluso el aventurismo de Trump al atacar con misiles a Siria no pudo crear cambio en la visión negativa de la mayoría de los ciudadanos norteamericanos hacia él.
La semana pasada se cumplió el 24º aniversario de la matanza de los fieles de la secta de los davidianos en la localidad de Waco (Texas). El 19 de abril de 1993, las autoridades del gobierno federal ordenaron atacar las sede de dicha secta tras mantenerla asediada durante 51 días. Esa secta religiosa estaba acusada de tenencia ilegal de armas de fuego y de ciertas acciones fuera de ley, mientras que los davidianos, incluido su líder David Koresh, aseguraban que las enseñanzas religiosas y críticas por la mala situación social habían provocado las conductas hostiles de las autoridades, y plantearon alegatos sobre el rompimiento de la ley en su contra. De todas maneras e independientemente de cuán estaba cerca de la realidad el alegato de ambas partes, la manera en que los agentes gubernamentales atacaron la sede de los davidianos dio lugar a una de las más horribles masacres de la historia contemporánea de EE.UU. Tras el incendio en el lugar asediado, 76 personas, incluidos 21 niños y dos mujeres embarazadas, se quemaron vivas entre las llamas del fuego. En un informe elaborado sobre el suceso, el gobierno afirmó que Koresh ordenó incendiar la sede de la secta para evitar la entrada de los agentes y que los davidianos se suicidaron conscientemente, mientras que los miembros de la secta rechazaron ese alegato diciendo que el gobierno, para deshacerse del asunto, quemó vivas a decenas de hombres tras 51 días de asedio. Lo ocurrido dejó un impacto muy negativo en las corrientes derechistas y antigubernamentales en EE.UU., hasta el extremo de que dos años más tarde, el 19 de abril de 1995, Timothy McVeigh, en represalia por las sangres derramadas en Waco, ejecutó el atentado de Oklahoma City contra el edificio Federal, provocando más de 180 muertos. Ese incidente se consideraba la mayor acción terrorista de la historia de EE.UU. hasta antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Ahora que han transcurrido cerca de cuarto siglo de la matanza de Waco y del atentado de Oklahoma City, en EE.UU. ha reaparecido el fantasma de conflictos religioso-raciales y de las actividades de los grupos violentos tras las controvertidas elecciones presidenciales de 2016.